Historia de España a Nariño

Historia de España a Nariño


El padre Loydi

O

Don Manuel, el temible cura guerrillero

 

Don Manuel, el temible cura guerrillero, narra la historia del sacerdote que se transformó en aguerrido jefe de las guerrillas carlistas y que representa al verdadero revolucionario vasco nacido en las entrañas de la  pobreza y la injusticia social. Después de participar  activamente  en  las  guerras carlistas, la persecución de que fue objeto por parte  del  rey  Alfonso  XII  lo  obliga  a abandonar su querida tierra vasca. Después de  un  periplo  que  pasa  por  Londres y Jamaica, entra a Colombia por Tumaco y alguien le ha dicho que allí encontrará paisajes similares a los de su amado terruño.

En el departamento de Nariño inicia una vida nueva, dedicada al amoroso servicio de los pobres.

Funda San Ignacio, un pueblo enclavado en las montañas, cuyos habitantes son testigos de la obra piadosa y social que Santa Cruz, ahora transformado en el padre Loydi, cumple con entusiasmo y vigor admirables.

Algunos escritos de grandes pensadores de la Generación del 98, descargan sus iras contra la figura de Santa Cruz y en contraposición con dichas opiniones condenatorias rescatamos del olvido el legado de amor y caridad del sacerdote vasco. Sus detractores son escritores de calidades tan altas como para obtener el premio Nobel de Literatura pero es sospechoso que este personaje, un cura de Dios, motive tan irascibles escritos. Por fortuna otras plumas ponderaron su servicio y su humildad, el legado de amor transmitido a un pueblo que lo considera un santo.

 

 

No es fázcil ver a un hombre de guerra como un justo pero la historia y la Santa Sede, ratifican que suelen encontrarse santos donde no había más que verdugos. El padre Santa Cruz, fue un cura guerrillero que después de una azarosa vida guerrera murió siendo un hombre de Dios.

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Grandes escritores como Jorge Luis Borges, presentaron con magnificencia a sus lectores dos hombres, dos seres confundidos quizás -o no- en uno solo y al remitirse a las posibilidades o dualidades que rodean el entorno de nuestro diario vivir, el bien y el mal, lo grande y lo pequeño, lo blanco y lo negro, encontramos perdido en el anonimato, en el tiempo y en la memoria a un personaje muy especial cuyo nombre es sinónimo de búsqueda, de violencia, de crueldad, de revolución y de guerrilla, pero también de amor, fidelidad, entrega y sacrificio.

Se hace referencia a Manuel Ignacio Santa Cruz Loydi o el cura Loydi, aquel temible guerrillero español, aquel hombre vasco, comandante del ejército real del Norte de España, conservador, carlista, y quien en su momento dio mucho de qué hablar en los países europeos.

El cura Loydi fue prófugo de la justicia y por circunstancias de su azarosa existencia logró esconderse en el departamento de Nariño. Durante 34 años vivió en un humilde pueblo llamado San Ignacio y fue ese pueblo el que para gloria de sus habitantes vivió esta historia fascinante de religión, justicia, política y vida.

Durante la Guerra de los Mil Días, el cura guerrillero rechazó el nombramiento de comandante del ejército conservador del Sur, efectuado por el obispo de la guerra, enemigo de los liberales y hoy santo, fray Ezequiel Moreno Díaz.

Sí, es ese Manuel quien hoy se presenta en mi obra titulada ‘‘Don Manuel, el temible cura guerrillero’’, con la narración de una vida controversial, una historia apasionante en donde los conceptos “canonizados” de bueno o malo, pueden confundirse o alterarse. Y es el resultado de un arduo proceso investigativo, en el cual fueron necesarios muchos años de lectura y de búsqueda de información. Búsqueda que se hizo inclusive en canecas y basureros, donde habían arrojado documentos de gran valor histórico. Fue preciso viajar hasta los lugares por los que anduvo nuestro padre Loydi o el cura Santa Cruz y entrevistar a quienes para fortuna de esta investigación pudieron dar testimonio de este personaje.

El trabajo de seguir la huella del cura se extendió a la literatura, con el examen cuidadoso de las obras de los más importantes escritores de la generación del 98, como Azorín, Pío Baroja, Valle Inclán, Lecuona, Unamuno, Ortega y Gasset, entre otros. Además, las averiguaciones llevaron a investigar en los escritos que sobre Manuel Santa Cruz Loydi hicieron reconocidos intelectuales en Nariño, en particular y en Colombia, en general.

En mi libro, lleno de grandes aventuras, pretendo reivindicar la vida de un hombre, dar un primer paso en espera de que el segundo sea dado por el país vasco de donde Santa Cruz era oriundo. Además, mostrar la riqueza humana de un ser que vivió humildemente, fiel a sus principios y a su fe cristiana. Él aprendió a amar, a servir y a entregarse sin límites a la gente de estas tierras del sur.

El debate que eludió un día Gaétan Bernoville con los escritores de la generación del 98 es nuestro ahora, pues al escribir su historia sólo se pretende que bajo serios argumentos y sin apasionamientos conozcamos y entendamos quién fue el cura Loydi, para esclarecer, si es posible, el sitial que merecen su vida y obra.

ISIDORO MEDINA PATIÑO.

Historiador – Investigador.

 

La vida del padre Manuel Ignacio Santa Cruz Loydi

(Apartes Capítulo 1)

 

 El rey Alfonso XII le puso precio a la cabeza de “El Temible Guerrillero, el cura Manuel Ignacio Santa Cruz”: cuarenta mil reales, una exorbitante cantidad para el año 1876, oferta realizada al finalizar la Tercera Guerra Carlista, cuando el Rey estuvo a punto de caer prisionero en manos de la cuadrilla de guerrilleros y terroristas al mando del sacerdote revolucionario. Tal ofrecimiento se basaba en las diversas acciones delictivas organizadas y ejecutadas por el cura Manuel Ignacio Santa Cruz.

El guerrillero Santa Cruz, con un especial sentido del humor se mofaba irónicamente de su situación, tal fue el caso cuando al enterarse del precio que ofrecían por su cabeza, exclamó: “Mucho me alegro que valga tanto mi cabeza. Mi hermana en Tolosa paga catorce reales por la cabeza del cerdo (siendo grande dieciocho). Más que ésto no puedo ofrecer por la cabeza del gobernador al servicio del rey”.

¿Por qué se buscaba al cura de esta manera? Alfonso XII lo buscaba vivo o muerto porque Santa Cruz dinamitaba puentes, trenes, torres de telégrafo. Paralizar todas las comunicaciones de España era su principal estrategia militar. En el monte, su táctica era la guerra de guerrillas. Causó grandes derrotas a las fuerzas del Rey. Sus incursiones en los pueblos de alcaldes liberales se hacían a sangre y fuego.

bandera loydi
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Montado en su caballo y batiendo una bandera negra con una calavera bajo la cual se leía “Guerra sin cuartel”, era el terror de los pueblos.

 

 “Se dedicó a pasar por las armas a los liberales enemigos de la Iglesia Católica”. Luego, se procedía a la fiesta que se acompañaba con chistu-tamboril, un dúo de instrumentos musicales característico en la mayoría de regiones del país vasco. Estos eran los únicos instrumentos musicales permitidos por el cura Santa Cruz en los pueblos bajo su mando. Posteriormente, los puso de moda en el pueblo de San Ignacio, en los Andes colombianos. En España y en Europa -aún hoy-, se dan conciertos con estos instrumentos en los escenarios más exigentes.

¿Pero, quién era este personaje?

El libro ‘‘La cruz sangrienta’’, escrito por Gaëtan Bernoville, cuya primera edición se publicó en París en 1928, narra una de las mejores biografías escritas sobre el cura Manuel Ignacio Santa Cruz Loydi. He aquí algunos apartes de dicho texto:

En 1926, en uno de esos espléndidos otoños de nuestro País Vasco, se extendió la nueva de que el cura Santa Cruz había muerto. Un periódico francés daba la noticia. El comentario que le seguía manifestaba una absoluta ignorancia de lo que fue Santa Cruz. En las dos vertientes del Pirineo donde tantos ancianos le conocieron, la noticia se propagó refrescando recuerdos, reavivando pasiones ya a punto de extinguirse.

Yo ignoraba casi por completo a Santa Cruz, como se desconoce a muchas gentes de vuestro alrededor, que, sin embargo, os son familiares. Sabía que aquel cura de la región vasco peninsular se había hecho, a través de muchas dificultades, cabecilla, jefe de partida, y que durante varios años había guerreado entre Pamplona, Tolosa y Rentería. Era muy poca cosa lo que yo sabía. Pero la sombra inquietante del cura guerrero se proyectó sobre mi juventud, despertando viejos recuerdos. Alguna amarillenta fotografía, uno de esos viejos daguerrotipos en que destacaba su recia figura entre un grupo de partidarios, se asociaba sutilmente al dulce poema de mi juventud. Su barba negra e hirsuta, su potente musculatura, su mirada penetrante y su dura cara, siempre fueron para mí obsesivas. Las historias fragmentarias que de cuando en cuando escuchaba aumentaban mi obsesión. Había oído a los míos que en cierta ocasión, viéndose obligado por la Policía a traspasar la frontera, se refugió en casa de mi abuelo, al amparo de la protección del pabellón de Costa Rica; y supe también que en otra ocasión cuando ya se hallaba abandonado por todos, pasó una tarde, taciturno, con la cabeza apoyada entre los brazos, en un rincón de nuestra sala familiar, entregado a las más negras meditaciones.

cura acompañado
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Foto: El cura Manuel de Santa Cruz, acompañado por los sacerdotes Luciano Mendizabal (Vicario de Tolosa), Patricio Orcaiztegui (Cura de Sorabilla).

 

El valle de Ibarra, que al salir de Tolosa es ya estrecho, todavía se hace más angosto unos kilómetros más allá. Un torrente aprisionado entre las márgenes lo atraviesa saltarín, escoltado por dos hileras de chopos. Un poco más lejos, el valle se ensancha bruscamente, abriéndose en un golfo de luz. El camino se encabrita y comienza a escalonar la montaña en zig zags invisibles. En el centro de ese largo portillo se encuentra Elduain.

Una parte del pueblo se agarra a la montaña, mientras la parte baja del mismo va a asomarse al regato. La carretera domina el pueblo y sólo emerge la torre de la iglesia, a cuyo campanario se asciende por una empinada escalera de peldaños carcomidos por el musgo y la humedad. Como la mayor parte de las iglesias de Gipuzkoa, alta y poderosa, tiene todas las trazas de una fortaleza. Sus piedras han tomado el tono cálido de la arcilla. Su portada principal da a un pórtico espacioso desde cuyas arcadas se domina todo el valle. En él se concentra toda la vida pública, que en un país tan profundamente religioso está allí en su verdadero medio; allí juguetean, persiguiéndose unos a otros, los niños, con sus blusas azules, y allí vienen a descansar, tras encarnizadas luchas, los jugadores de pelota del frontón próximo.

En esta aldea, perdida entre las montañas, nació, el 25 de marzo de 1842, Manuel Ignacio Santa Cruz Loydi. El caserío donde vivía su familia era de los más modestos de Elduain. Una pobre construcción escondida en el fondo de la torrentera. Desde sus cimientos, invadía sus muros mal revocados una multitud de enredaderas y plantas silvestres que llegaban a las ventanas como queriendo desposarla estrechamente con el suelo, a la vez pobre y generoso, henchido por el meollo de una tradición austera y rica.

Alrededor de esta casucha, Manuel llevó de niño la vida de los muchachos de su edad, vida de trabajo agreste, entrecortada por largas indolencias, por correteos en la soleada carretera, donde la chiquillería levantaba nubes de polvo al choque de sus alpargatas. Cuántas veces en pleno sol sostenía reñidas partidas de pelota con sus pequeños camaradas, pelotaris del mañana.

Muy joven todavía, Manuel Ignacio perdió a sus padres y fue recogido por uno de sus tíos, religioso del convento de Elduain, que hacía las veces de párroco, el cual encontrándole serio y reflexivo pensó enseguida en llevarlo al seminario. Él mismo le enseñó los rudimentos del latín y le dio una sólida enseñanza religiosa. No es de extrañar que en aquel pequeño vasco, jugador de pelota, audaz, escalador de montañas e inclinado, como todos los de su raza, a poner su vida bajo la protección de Dios, se despertase desde sus primeros años, el más ferviente anhelo por las cosas eternas. A los diecinueve años entró en el seminario de Vitoria.

 

Ya para esta fecha su alma estaba impregnada por las esencias de su país. Los largos días de ardiente sol, las tardes carmesíes de septiembre, azotadas por el viento sur; los silencios de las noches de estío, interrumpidos de hora en hora por el timbre melancólico del reloj de la iglesia; los mediodías de agosto, con los estridentes cantos de los grillos, se habían apoderado de él. Pero el País Vasco, aunque soleado, no había caído en la flojera mediterránea […]

El joven Santa Cruz fue como sus compañeros de la montaña. Su carácter fue moldeado por el suelo y por el ambiente espiritual y las tradiciones del país. La religión, la familia y el honor gobernaron su vida cotidiana y forjaron su personalidad. Estos valores son en todas las poblaciones vascas motivo de vida y de muerte.

Todas las ciudades importantes de Vasconia, de Pamplona a Tolosa, de Zarautz a Bera, llevan esa marca de austeridad […] Tierra de contrastes poderosos, asociados por un principio sobrenatural que moldeó los sentimientos y los deseos de la juventud de Santa Cruz, marcándolo con su sello para toda la vida. El joven seminarista Santa Cruz era un verdadero gipuzkoano. El vigoroso ascetismo familiar respirado desde su nacimiento se incrementó en el seminario con un ascetismo sobrenatural, en el que el sentimiento del deber fundado sobre los preceptos evangélicos, constituía la base de granito.

Manuel Santa Cruz era un muchacho inteligente. En sus tres primeros años de seminario obtuvo la nota de meritissimus. Seguía la carrera larga reservada a las personas de porvenir que acaban todo el ciclo de estudios eclesiásticos. Pero al terminar su tercer año pasó a la carrera abreviada a causa del estado de su salud. Parecerá sorprendente que aquel hombre, cuya resistencia física llegó al prodigio, fuese declarado tuberculoso por los médicos del seminario; pero así fue. Aquel muchacho acostumbrado a moverse en plena naturaleza, aquel hijo del sol, del viento y del espacio, no podía respirar dentro de la clausura colegial. Seguía con mirada nostálgica el curso de las nubes a través de su ventana; era preciso reducir el tiempo de sus estudios para restituirlo lo antes posible a la vida sana de un curato de aldea. En 1866 celebró su primera misa. Ya lo tenéis de vicario de Hernialde. Continuará la vida sencilla y sana de su juventud. La sotana es lo único que le distinguirá del contrabandista o del pastor.

Hernialde se encuentra a pocos kilómetros de Tolosa. Desde la carretera, el pueblo es invisible. Sólo, en lo más alto se divisa la iglesia, como una fortaleza. Abajo saltan entre peñascos los regatos en contornos fantásticos, ocultos por la maleza. Ante la vista se extienden las manchas áridas de la montaña, rompiendo su monotonía, de trecho en trecho, algún bosque de encinas. En aquel medio, Santa Cruz estaba en su casa.

Su vida sacerdotal, dominada por el respeto profundo a las cosas de Dios, fue de lo más digna que se puede imaginar. En materias religiosas, Santa Cruz no toleraba la menor broma, como no toleraba en la iglesia la más pequeña irreverencia, la más leve sonrisa. Se consagró con todo su celo a los niños. Visitaba periódicamente todos los caseríos, donde pasaba largas horas conversando cuando las charlas recaían en la política. Se hacía contar las nuevas que corrían por Tolosa y fulminaba contra la corrupción de las costumbres. Los campesinos le escuchaban con el respeto con que oyen a sus pastores, sobre todo cuando la austeridad de sus costumbres abona sus pláticas. Poco después murió el párroco de Hernialde y Santa Cruz le sustituyó con apenas treinta años.

El cura Santa Cruz, desde el pulpito de su iglesia parroquial de Hernialde, lanzaba encendidas consignas de apoyo a su pueblo, el país vasco, y a todos los católicos de su amada Gipuzkoa natal. Sabía que la guerra civil o tercera guerra carlista se avecinaba por la cantidad de injusticias que se cometían en su país. Santa Cruz era un revolucionario de nacimiento, hombre del pueblo que se levantaba en favor de los pobres de España.

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Pintura de Elías Salaverría donde se muestra al Cura Manuel Santa Cruz mientras extiende su mano hacia los hombres de la partida. foto enlace.

 

Estaba influenciado por otro vasco, san Ignacio de Loyola, guerrero y místico caballero, quien lo había impactado desde su niñez y hacía brotar de su corazón las más sentidas oraciones cuando su padre lo llevaba a la iglesia; de este santo le había impresionado la vida de vagabundo y guerrillero que llevó hasta los 26 años, era su santo amado; practicaba sus famosos ejercicios espirituales y se sentía orgulloso de llevar su nombre. En el transcurso de su vida siempre estuvo San Ignacio al frente de su mundo material y espiritual, empuñaba las armas y el Evangelio como aquél lo hiciera.

Acusado de cura revolucionario, fue perseguido. Decidió disfrazarse de campesino, y al mando de cuarenta hombres mal armados, pero llenos de ilusiones, se lanzó al monte con su makilla, que llevaba en señal de mando. Al frente de su ejército ondeó una bandera negra que tenía una calavera y la leyenda “Guerra sin cuartel”. Su guerra fue contra los liberales y el liberalismo del rey Alfonso XII.

El cura Santa Cruz fue un revolucionario, un verdadero carlista que luchó para construir una nueva sociedad con la fuerza del carlismo, que nacía de unir en torno al legítimo Rey un ideario que se resumía en su lema: “Dios, Patria, Fueros y Rey”. Suponía el sacerdote que el triunfo de la revolución liberal traería más sufrimientos para el pueblo, tales como la amortización de los bienes en manos muertas. Además, temía los abusos del capitalismo y el individualismo liberal, la venta de España a los intereses extranjeros, el centralismo, la usurpación dinástica y la militarización de la política.

Manuel Ignacio Santa Cruz era un líder campesino que denunciaba y se dolía de la falta de asistencia espiritual en los pueblos; debida a las dificultades políticas de la Iglesia, la gran escasez de clérigos y la manipulación política de muchos novelistas, quienes usaban su pluma como arma mortal. Se involucró en asuntos de política y religión, consciente de que ésto implicaría el enfrentamiento con múltiples dificultades y enemigos, y de manera especial con los de carácter literario. Sin embargo, convencido y entregado con el alma, luchó por la causa, sin importarle lo que sobre él se dijera. Por ello, treinta años después, cuando alguien le hizo conocer el libro ‘‘Zalacaín, el Aventurero’’, de Pío Baroja, su paisano de Gipuzkoa, Santa Cruz contestó:

‘‘Dejad eso quieto. ¡Allá los escritores malvados! Yo los perdono… yo quizás haya obrado mal al lanzarme en los horrores de la guerra, revestido, como estaba, del carácter sacerdotal; pero mis intenciones fueron siempre rectas y espero que Dios me perdonará los errores que he podido cometer en mi apostolado en defensa de mi religión católica, de mi pueblo Vasco, de mi compañía de Jesús siguiendo las enseñanzas de San Ignacio de Loyola, el peregrino’’.

san ignacio de oyola
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San Ignacio de Loyola

 

El escritor español José María Sans Puig caracteriza al cura Manuel como [… ] un guerrillero tan feroz como Belnet Tristany y Merino. La simbiosis pistola-crucifijo no era beneficiosa para la iglesia y menos para la causa carlista. Las correrías de Santa Cruz por Oyarzun, los incendios de convoyes y estaciones, y las ejecuciones de prisioneros molestaron a don Carlos, quien desautorizó al Cura, sobre cuyas fechorías los autores carlistas lanzan un tupido velo. Además de cruel era indisciplinado. A poco provocó una guerrilla civil en el seno del carlismo, al resistirse a entregar el mando a Lizarraga. Expulsado y detenido por carlistas y liberales, al final de la guerra imploró el perdón de don Carlos. Y para lograr el perdón divino se hizo misionero en América”.

(‘‘Don Manuel, el temible cura guerrillero’’, Isidoro Medina Patiño).

 

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